Maria Sharapova
En 1990 la familia Sharapova se afincó en el balneario de
Sochi, en el mar Negro, donde cierto día la pequeña coincidió con el campeón
ruso de los años noventa Yevgueni Kafelnikov, quien le regaló una raqueta.
Empezó a jugar con su padre y con niñas que le doblaban la edad, hasta que en
1993, en un torneo infantil en Moscú, fue observada por Martina Navratilova,
quien recomendó a los padres que lo apostaran todo por ella.
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Con cierto temor pero animado por el convencimiento de la
mejor tenista de la historia, Yuri, con 700 dólares que tenía ahorrados, se fue
con su hija a Bradenton, en el estado norteamericano de Florida, donde Maria
ingresó en la escuela-internado del prestigioso entrenador Nick Bolletieri,
quien había forjado a los mejores campeones y campeonas de la última década. La
escuela, perteneciente a la enorme compañía IMG, dedicada a la gestión de
deportistas, era muy cara, por lo que el padre tuvo que pluriemplearse para
devolver el dinero que adeudaba a la compañía.
En 1996, Maria contó ya con la compañía de su madre, que
había tardado dos años en conseguir el visado para trasladarse a Estados
Unidos. A partir de ese momento educó personalmente a su hija, que nunca había
ido al colegio. Después, se convertiría en la administradora de sus ganancias,
mientras que su marido se dedicaría sólo a su carrera como tenista.
El padre, de hecho, permanecía en la sombra y jamás concedía
entrevistas porque algunos medios lo acusaron de presionar a su hija. Al
respecto, en la única entrevista que lograron los periodistas en Manhattan,
donde Maria celebró su éxito en el Open de Estados Unidos, se despachó a gusto
y concluyó: “La gente piensa que soy un monstruo, que estoy detrás de ella
presionando y pensando sólo en el dinero. Pero la verdad es que ignoro cómo van
sus finanzas”.
Tanto padre como hija tenían prisa por ganar dinero y
enjugar las deudas, por lo que en 2001 Maria, con catorce años, participó en el
circuito júnior, donde sólo perdió tres partidos, ganó 25 y se adjudicó tres
títulos: Sacramento, Hilton y el Heady Pilsen en la República Checa.
En 2002, aún como júnior, Maria Sharapova obtuvo 26
victorias, tres derrotas y otros tantos títulos: Vancouver, Peachtree y Gunma
(Japón). Aquel año ya se le permitió jugar algún partido como profesional
absoluta y la Asociación de Tenis Femenino (WTA) la situó en el número 186 del
ranking, pero ya había firmado suculentos contratos con varias firmas, no sólo
deportivas. A esa edad igualó a Kournikova como tenista más sexy, porque, aún
adolescente, debido a su constitución (1,86 m y 58 kg) parecía ya una joven
mayor. El 29 de septiembre de 2003 ganó su primer torneo como profesional
absoluta en Tokyo. Al mes siguiente, el 27 de octubre, se adjudicó el de
Quebec, lo que la aupó en apenas unos meses al número 30 del ranking.
El 21 de junio de 2004 dio la primera sorpresa, pues con
poco más de diecisiete años se convertía en la segunda tenista más joven en
ganar en Wimbledon, tras la también precoz Martina Hingis, que lo consiguió en
1997 a los dieciséis años. Además, era la primera rusa que vencía en este
torneo de grand slam. Los grandes patrocinadores ya iban detrás de ella, pues
el mundo globalizado estaba huérfano de un icono femenino. Hubieran firmado con
ella aun sin haber ganado la final ante la entonces incontestable Serena Williams.
La madre aprovechó el caldo de cultivo y su hija se
convirtió en la tenista con mayores ingresos gracias a sus contratos con ropa
deportiva Nike, raquetas Speedminton, perfumes Parlux (después nacería una
perfume personal), teléfonos Motorola, relojes TAG Heuer, vehículos Honda,
productos Colgate-Palmolive, raquetas Prince... y desfiles en pasarelas o
sesiones fotográficas para la prensa. Todo el mundo político y empresarial
quería hacerse una foto con ella, no sólo los fans.
Aquella temporada de 2004 ganó otros cuatro torneos:
Birmingham (7 de junio); Seúl (27 de septiembre); Tokio (4 de octubre) y
concluyó el año tenístico con un holgado triunfo en el WTA Championship de Los
Ángeles, ante Serena Williams. Su proyección era innegable, pero en 2005 sufrió
un frenazo, debido quizás a su conformismo o a sus compromisos publicitarios.
Aun así, se adjudicó tres títulos: Tokyo ante la ex número uno Lindsay
Davenport (6 de febrero); Doha en Qatar (el 21 del mismo mes) y Birmingham frente
a la emergente Yelena Jankovic (6 de junio).
En 2006 hacía dos años que un título de grand slam se le
resistía, porque se enfrentaba a tenistas en el momento más dulce de su
carrera. No quería convertirse en un clon de Kournikova, a pesar de que ésta jamás
había ganado un título. Esa comparación la aterrorizaba. Algunos medios aún no
se cansaban de reiterarla, a pesar de que el 10 de marzo ganó la final de
Indian Wells frente a la notable Yelena Dementieva y el 31 de junio a la número
uno del momento, la belga Kim Clijsters, en el torneo de San Diego.
Por fin, con diecinueve años, el 10 de septiembre de 2006,
alcanzó la final del Open de Estados Unidos. Saltó a la pista con un vestido
negro marca Nike pero inspirado en la actriz Audrey Hepburn y con todos sus
complementos en el lugar adecuado. Frente a ella, la belga Justine
Henin-Hardenne, que si ganaba se situaba en lo más alto del ranking. Pero
Maria, que en las últimas semanas había derrotado a las dos tenistas que la
precedían en el ranking junto a Henin (Clijsters y la francesa Amélie
Mauresmo), se deshizo de su oponente por un contundente 6-4, 6-4. Se abrazó a
su padre y, después, al joven que lo acompañaba, Michael Joyce, con quien
entrena a diario. Con este triunfo se situaba como la tercera del mundo y se
convertía en la segunda rusa, tras Svetlana Kuznetsova en 2004, que se coronaba
en la pista Arthur Ashe.
Las tenistas han reivindicado con insistencia cobrar
idénticos emolumentos por torneo que los hombres que compiten en el circuito de
la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP), pero no lo han conseguido. Sin
embargo, desde que irrumpió en las pistas la rusa Anna Kournikova, las tenistas
agraciadas y esbeltas encontraron un filón en actividades publicitarias o en
las pasarelas, que les reportaban mayores ingresos que los premios por su
acierto en los torneos. Kournikova se dio a conocer a los dieciséis años.
Apuntaba muy buenas maneras, pero de inmediato se dejó absorber por la marea
del dinero que le concedían las marcas deportivas, las entrevistas en exclusiva
o su tormentosa vida sentimental.
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